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Sexting. Del miedo a la responsabilidad.

Sexting

El sexting es una práctica consensuada que consiste en intercambiar contenido erótico a través de teléfonos móviles principalmente. Mediante la misma se envían fotos, videos o mensajes textuales pudiendo ser explícitos (o no).

En sí, no es nada novedoso. Su esencia pervive desde las primeras cartas eróticas enviadas hace ya muchos años. Lo que ha ido evolucionando ha sido el formato. Actualmente, con la llegada de internet y las redes sociales, esta información compartida requiere una gestión cuidadosa del material que se envía y  se recibe, debido a la gran facilidad para caer fuera del ámbito privado de las personas implicadas y la viralidad potencial que puede darse.

 

Estamos acostumbrados a escuchar en la televisión noticias en las que se habla de sexting en las que, por cierto,  se hace un mal uso de la palabra, ya que en ellas se habla de prácticas que no son consensuadas y por tanto, no entrarían dentro de esta categoría, sino en la del delito y del abuso.

 

De pronto, la mayor parte de las acciones educativas sobre este tema se centran en mensajes negativos, en la prohibición y se basan principalmente en el miedo.

Quizá, alguien importante (en esto de tomar decisiones sobre qué se debe transmitir a la sociedad), debería haberse dado cuenta hace tiempo que desde el miedo no se puede educar, porque el miedo paraliza.

Desde la prohibición no se puede educar porque descontextualizamos la práctica y nos olvidamos del peso que puede estar teniendo en esta sociedad y desde lo negativo no se puede educar porque se transmiten emociones que impiden el desarrollo de acciones o soluciones constructivas.

 

Es posible que se mire con ojos del pasado pretendiendo tener mirada de presente y visión de futuro, aunque lo más probable es que así seamos ciegos ante la ineficacia de las acciones emprendidas para “proteger” especialmente a nuestra población adolescente.

 

Una vez más, como en otros temas en los que se involucra a nuestra población más joven, volvemos a situarles en un papel pasivo, secundario, en el que no pueden cultivar herramientas, ni pueden hacer frente por sí solos a una toma de decisiones responsable.

 

Es necesario cambiar el juego educativo, que los protagonistas salgan a escena, que tengan información para gestionar de manera responsable los materiales compartidos por las redes sociales, que aprendan algo de empatía, que reflexionen sobre el daño que se puede causar al hacer públicos aspectos de la esfera privada, que valoren la intimidad propia y la ajena… Y tantas cosas más que desde el marco del miedo jamás podrán llevarse a cabo.